Un
viejo árbol y una marioneta rota y moribunda estaban sentados en una
habitación. Estaban completamente solos, donde nadie los podía ver ni
oír, tan sólo con la compañía del otro.
El árbol, viejo y necio, extendió sus ramas en dirección al rostro
de la marioneta y le pidió acercarse pues quería sentir el calor de su
aliento. Hacía mucho frío y el árbol no tenía cómo calentarse, y la
marioneta pronto moriría; pensó que sería fácil robarle lo último que le
quedaba en su interior.
A pesar de la débil voz del viejo árbol y de saber las horribles
intenciones del mismo, ella enseguida se acercó un poco más a su
preciado árbol y sobre él pronunció sus últimas
palabras, extinguiéndose por siempre.
Sigues engañándome y me sigues mintiendo sin piedad, lentamente rodeando mi cuello con tus manos.
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