—¿Qué pasó?
—Zalachenko llevaba meses sin dejarse ver. Lisbeth había cumplido doce años. Casi empezaba a creer que él había desaparecido para siempre. Por supuesto, no fue así. Un día volvió. De inmediato, Agneta encerró a Lisbeth y a su hermana en el cuarto pequeño. Luego mantuvo relaciones sexuales con Zalachenko y, acto seguido, él empezó a maltratarla. Disfrutaba torturándola. En aquella ocasión ya no eran dos crías las que estaban encerradas. Las niñas reaccionaron de una manera distinta. A Camilla le daba pánico que alguien se enterara de lo que pasaba en su casa. Lo reprimía todo y hacía como si no pasara nada. Cuando las palizas terminaban, Camilla solía acercarse a su padre, lo abrazaba y fingía que todo iba bien.
—Su mecanismo de defensa.
—Sí, pero Lisbeth estaba hecha de otra pasta. En aquella ocasión, puso fin a los malos tratos. Fue a la cocina, cogió un cuchillo y se lo clavó a su padre en el hombro. Le asestó cinco cuchilladas antes de que Zalachenko pudiera quitárselo y pegarle un puñetazo. No le hizo heridas muy profundas, pero empezó a sangrar como un cerdo y desapareció.
—Eso suena a Lisbeth.
De repente, Palmgren se rio.
—Pues sí. Nunca te metas con Lisbeth Salander. Su filosofía es que si alguien la amenaza con una pistola, entonces, ella va y se hace con una pistola más grande. Por eso tengo tanto miedo ahora, con todo lo que está ocurriendo.—¿Y eso fue Todo Lo Malo?
—No. Sucedieron dos cosas más. No alcanzo a entenderlo. Zalachenko estaba tan malherido como para tener que haber acudido a un hospital. Debería haberse abierto una investigación policial.
—Pero...
—Pero, por lo que he podido averiguar, no pasó nada en absoluto. Lisbeth me dijo que se presentó un hombre que habló con Agneta. No sabía quién era ni qué fue lo que comentó con su madre. Luego, ésta le dijo a Lisbeth que Zalachenko la había perdonado.
—¿Perdonado?
—Esa es la palabra que usó.
Y, de repente, Mikael lo comprendió todo.
—¿Qué? —preguntó Palmgren.
—Creo que ya sé lo que pasó. Y hay alguien que va a pagar por esto. Continúe, por favor.
—Zalachenko no se dejó ver durante meses. Lisbeth se preparó mientras lo esperaba. Faltaba a la escuela un día sí y otro también para vigilar a su madre. Le daba pánico que Zalachenko le hiciera daño. Tenía doce años y un gran sentido de la responsabilidad para con su madre, que no se atrevía a ir a la policía ni a romper con Zalachenko o que tal vez no entendiera la gravedad del asunto. Y justo el día en el que apareció Zalachenko, Lisbeth estaba en el colegio. Llegó a casa en el mismo instante en que él se marchaba. No le dijo nada, sólo se rio de ella. Lisbeth entró y encontró a su madre inconsciente en el suelo de la cocina.
—¿Y Zalachenko no tocó a Lisbeth?
—No. Lisbeth echó a correr tras él y le dio alcance en el preciso momento en que se sentaba en el coche y cerraba la puerta. Él bajó la ventanilla, probablemente para decirle algo. Lisbeth se había preparado. Le tiró un cartón de leche lleno de gasolina. Luego encendió una cerilla y se la lanzó.
—¡Dios mío!
—Así que intentó matar a su padre dos veces. Y, en esta ocasión, sí tuvo consecuencias. Era difícil que un hombre ardiendo como una antorcha dentro de un coche en medio de Lundagatan pasara desapercibido.
—Bueno, al menos sobrevivió.
—Zalachenko quedó maltrecho de veras; había sufrido importantes quemaduras. Le tuvieron que amputar un pie. Se quemó gravemente la cara y otras partes del cuerpo. Lisbeth acabó en la clínica psiquiátrica infantil de Sankt Stefan.
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