martes, 30 de septiembre de 2014

Piel de papel.

Puerta, golpe…puerta, golpe…puerta, golpe…puerta, golpe. Cinco veces seguidas y después otro golpe: una puerta que se abría detrás de mí. No me atrevía a girar la cabeza, aún sabiendo que él estaba ahí. Respiraba agitado, me había estado buscando: de eso estaba segura. Parecía acabársele el aire con cada suspiro que salía de su boca. Hubo un silencio que jamás había conocido antes, sentía un terrible miedo y mucha paz al mismo tiempo.  De pronto, dejó caer su cuerpo en sus rodillas y se arrastró hasta mi lado, sentándose mientras recuperaba el aliento. Lo vi de reojo: su cabello cubría sus ojos y parte de su rostro pálido.
           
            Se puso de pie sin despegar los ojos del suelo y comenzó a gritar tan fuerte que parecían ser ladridos lo que salía de su boca.
            — ¡Imbécil! ¿Dónde carajo te escondías? ¿Por qué no me dijiste nada?

            Giré la cabeza hacia él y no le respondí nada. Sus ojos normalmente pardos, verde-miel, estaban rojos de furia. Podía ver unas gotas de sudor escurrir por su rostro.Nos miramos unos minutos y me puse de pie frente a él, sacudiendo el polvo de mis piernas y mi ropa.
         —Mira, Alec, mi piel es de papel. —le dije entre risas mientras extendía los brazos a los lados— Podríamos volar juntos…Tal vez lleguemos a un lugar donde esto no te duela y puedas encontrarme siempre que tú quieras.

         Extendí la mano y la vio por unos segundos, se calmó su respiración y los latidos de su corazón eran ya inaudibles. Apartó mi mano del camino y me abrazó contra su cuerpo fuertemente, aferrando sus uñas a mi cuerpo, enterrando poco a poco. El silencio reinaba una vez más: nos acariciaba con sus dulces manos de seda.

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