Puerta,
golpe…puerta, golpe…puerta, golpe…puerta, golpe. Cinco veces seguidas y
después otro golpe: una puerta que se abría detrás de mí. No me atrevía
a girar la cabeza, aún sabiendo que él estaba ahí. Respiraba agitado,
me había estado buscando: de eso estaba segura. Parecía acabársele el
aire con cada suspiro que salía de su boca. Hubo un silencio que jamás
había conocido antes, sentía un terrible miedo y mucha paz al mismo
tiempo. De pronto, dejó caer su cuerpo en sus rodillas y se arrastró
hasta mi lado, sentándose mientras recuperaba el aliento. Lo vi de
reojo: su cabello cubría sus ojos y parte de su rostro pálido.
Se puso de pie sin despegar los ojos del suelo y comenzó a gritar tan fuerte que parecían ser ladridos lo que salía de su boca.
— ¡Imbécil! ¿Dónde carajo te escondías? ¿Por qué no me dijiste nada?
Giré la cabeza hacia él y no le respondí nada. Sus ojos normalmente
pardos, verde-miel, estaban rojos de furia. Podía ver unas gotas de
sudor escurrir por su rostro.Nos miramos unos minutos y me puse de pie frente a él, sacudiendo el polvo de mis piernas y mi ropa.
—Mira, Alec, mi piel es de papel. —le dije entre risas mientras
extendía los brazos a los lados— Podríamos volar juntos…Tal vez
lleguemos a un lugar donde esto no te duela y puedas encontrarme siempre
que tú quieras.

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