Recuerdo el día en que nací. Habían cientos de otros iguales a mí, casi
idénticos; jamás lo noté...jamás me importó si eran parecidos o no a mí
porque ya tenía un nombre y un creador. Podrían pensar que fue
casi instantáneo, pero el proceso fue como cualquier otro: lento y
doloroso. Casi puedo sentirlo una vez más, pero sé que fue hace mucho y
que es imposible regresar a ese momento, incluso si quisiera detenerlo.
Mi corazón sangraba, y ella asegura que el suyo también, pero eso
jamás lo sabré porque no la conocí en ese entonces; yo no tenía idea de
su existencia, y ella tal vez sabía muy poco de la mía. A veces
encuentro otros como yo y, aunque somos como hermanos, ninguno recuerda
al otro; podríamos correr juntos, tomados de la mano, y aún así no nos
percataríamos de la presencia del otro. Creo que es así como funciona:
es un lazo tan fuerte, tan estrecho que ni siquiera nosotros podemos
verlo, pero aveces lo sentimos y nos damos cuenta de que ahí está. La
gente no puede notarlo, y es ahí cuando se siente sola...no puede ver a
nadie y no puede sentir que están ahí. Lo raro...es algo curioso,
pero...siempre hay alguien ahí. Siempre hay alguien con nosotros, aveces
nos abraza, aveces nos escupe a la cara, pero sigue ahí porque nos ama;
ama nuestras canciones y nuestro sabor a miel.
Estas palabras, estas letras, este sentimiento, todo esto
está dirigido al aire porque sé que él me escucha así. El aire es su
camino y su alma es su transporte. Siempre llega...siempre llega. Sin
importar el tiempo que tarde, sin importar el camino que tome, llegará y
llegará a salvo

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