Había una vez una niña llamada Mey, que temía a la oscuridad. Era larguirucha y nada agraciada y le encantaba mirar las estrellas del firmamento, era su deleite, pero sin embargo odiaba la oscuridad. Un día un joven caminante paso por su pueblo y la vio de lejos escondida dando vistazos por la ventana para ver esas hermosas estrellas que titilaban a millones de años luz de ella. El joven se acerco le pidió su mano y la sostuvo con él. Así Mey salió de su refugio y pudo observar toda esa noche las estrellas, y la que siguió y la que siguió. Pero un día el joven caminante se fue y no volvió. Mey dejo de mirar las estrellas pues aquella cálida mano que la hacía valiente se había ido. Se había esfumado. Sin embargo guardaba en su corazón esas hermosas luces que vio en el firmamento, esa hermosa sensación de seguridad que le había dado, que había traído consigo pero que se había desvanecido de la misma forma que apareció.
Me siento sola y tú no estás. Y nadie está. Fin muéranse todos.

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