Había una que yo recordaba,
sobre un joven que una vez se fue de cacería, y todo el día él y sus perros
cazaron por todos lados, y cruzaron los ríos y penetraron todos los bosques, y
rodearon los pantanos, pero no pudieron encontrar nada, y cazaron todo el día
hasta que el sol bajó y comenzó a ponerse sobre la montañas. Y el joven estaba
furioso porque no podía encontrar nada, y se iba a dar la vuelta, cuando, justo
cuando el sol tocó la montaña, él vio salir de un soto frente a él, un hermoso
ciervo blanco. Y animó a sus perros, pero ellos gimieron y se resistieron a seguir,
y animó a su caballo, pero éste tembló y se quedó quieto como un tronco, y el
joven saltó de su caballo y abandonó a sus perros y comenzó a seguir al ciervo blanco
completamente solo. Y pronto todo se hizo completamente oscuro, y el cielo estaba
negro, sin una sola estrella brillando, y el ciervo penetró en la oscuridad. Y
a pesar de que el hombre había traído su fusil, nunca le disparó al ciervo,
porque quería atraparlo, tenía miedo de perderlo en la noche. Pero no lo perdió
ni una sola vez, aunque el cielo estuviera tan negro y el aire tan oscuro; y el
ciervo avanzó y avanzó hasta que el hombre ya no tuvo ni la más remota de idea
del lugar en que se encontraba. Y avanzaron por enormes bosques donde el aire
estaba lleno de susurros y una pálida y agonizante luz brotaba de los troncos
podridos que yacían en el suelo, y justo cuando el hombre creía haber perdido
al ciervo, lo veía todo blanco y brillante frente a él, y entonces él
corría rápidamente para atraparlo, pero el ciervo siempre corría más rápido, y
no lo podía atrapar. Y cruzaron los enormes bosques, y nadaron a través de
ríos, y vadearon a través de negros pantanos donde el piso burbujeaba, y el
aire estaba lleno de fuegos fatuos y el ciervo voló a través de estrechos
valles, donde el aire tenía el olor de una cripta, y el hombre lo siguió. Y
atravesaron las grandes montañas y el hombre escuchó el aire bajar del cielo, y
el ciervo siguió avanzando y el hombre lo siguió. Al final el sol se alzó y el
joven descubrió que estaba en un país que nunca había visto; era un valle
hermoso con un arroyo de superficie lisa corriendo a través de él, y una enorme
y grandiosa colina redonda en el centro. Y el ciervo bajó al valle, hacia la
colina, y parecía estar ya cansándose yendo cada vez más y más lento; y a pesar
de que estaba cansado también, el hombre empezó a ir más rápido, y estaba
seguro de que atraparía finalmente al ciervo. Pero al tiempo en que llegaban a
las faldas de la colina, y el hombre estiraba su mano para atrapar al ciervo,
éste desapareció dentro de la tierra, y el hombre comenzó a llorar,
apesadumbrado por haberlo perdido después de su larga cacería. Pero mientras
lloraba vio que había una puerta en la colina, justo enfrente de él, y se
metió, y estaba muy oscuro, pero él siguió, porque pensaba que encontraría al
ciervo blanco.
Y de repente se hizo la luz, y ahí estaba el cielo, y el sol
brillando, y pájaros cantando en los árboles, y había una hermosa fuente. Y
junto a la fuente estaba sentada una dama encantadora, ella era la reina de las
hadas, y le dijo al hombre que ella se había convertido en un ciervo para atraerlo
porque estaba enamorada de él. Entonces ella trajo de su palacio una gran copa
de oro, cubierta de joyas, y le ofreció vino en esa copa para que bebiera.
Y él bebió, y entre más bebía más anhelaba beber, porque el vino era encantado.
Y entonces él besó a la encantadora dama, y ella se convirtió en sus esposa, y
él se quedó todo ese día y toda esa noche en la colina donde ella vivía, y
cuando despertó descubrió que estaba tirado en el suelo, cerca de donde había
visto al ciervo por primera vez, y su caballo y sus perros estaban ahí
esperando, y miró al cielo, el sol se hundió detrás de la montaña. Volvió a
casa y vivió mucho tiempo, pero nunca besó a ninguna otra mujer, porque él
había besado a la reina de las hadas; y nunca bebió vino común, porque él había
bebido del vino encantado.

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