Sentí tus manos rozar el dulce terciopelo que cubría mis ojos. Sonreí al encontrarlas porque no podía ver nada.
—Tonto, ¿qué haces?—pregunté ingenuamente entre risas.
Tú te quedaste inmóvil y suspiraste. Sabías que era lo mejor; creías que era lo que ambos merecíamos, lo que habíamos soñado.
Me diste un frío beso en la mejilla y pude distinguir un sollozo y no un suspiro. Me pediste perdón y escuché como llorabas.
Mi
corazón se estremecía al escuchar tu desgarrador llanto pero mis labios
y mi boca se habían paralizado. Quería moverme; lo juro, lo intenté,
pero era imposible mover un solo musculo de mi cuerpo.
Lentamente
caía al suelo, atravesada por una daga y tu amor punzante. Escuchaba tu
voz, escuchaba tu llanto y la música que siempre hubo en tu alma
entraba lentamente por mi herida. Se volvía densa como un potente veneno
pero sentía cada una de las bellas notas de la melodía más pura del
amor que algún día existió por mí.
Sonreí, te sentí caer a mi lado. La música sonaba y el viento bailaba a
nuestro alrededor. La luna, la noche y las estrellas fueron testigos
esa noche de la muerte del rencor que existía en tu pecho.
Querido lector,
Historia pseudoreal

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