Cuando era más pequeña, vi a mi mamá azotar la puerta y romperla mientras
le gritaba cosas horribles a mi papá. Me pareció terrible y se lo conté a
mi hermano, quien me respondió que no pasaba nada malo y que ellos se
querían mucho. Yo pensé que seguramente así era el amor.
Pasó el tiempo, crecí lastimando, molestándome, y gritándole a
las personas que más quería, logrando nada más que hacer que se
alejaran de mí. Me confundí, me molesté y me lastimé. Pero, el tiempo
pasó y llegó el día en el que conocí a alguien a quien no quería
lastimar, sino ver feliz, a pesar de pensar que eso era de lo que el
amor se trataba. Me di cuenta con el tiempo que lo que quería era verle
feliz, hacerle reír y sentir bien. Ésto, por supuesto, me hizo sentir
bien a mí también y nuestra felicidad tenía el mismo valor. Supe
entonces que el amor se trataba de eso: de pensar en la otra persona al
igual que en uno mismo, de igualar los intereses, de respetarse, de
darse su espacio cuando es necesario, y de hablar las cosas, no
gritarlas. Fue hasta entonces cuando aprendí que cuando amas a alguien
no rompes puertas...las abres.

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