domingo, 21 de octubre de 2012

De ese pequeño relato que fue el final...


Estaba ahí sentada a la orilla de la cama, sofocada por el llanto que no lograba salir. Cerré los ojos frunciendo el ceño y apreté los puños con fuerza. 
Nada. Ni una sola lágrima lograba caer por mi rostro — el dolor en mi pecho, sin embargo, se volvía cada vez más fuerte.

Decidí irme y buscar un lugar que no me recordara tanto a ti, así que me puse de pie y busqué mi suéter favorito —ese que en algún momento dejé de usar porque ya no te gustaba— y me vi al espejo por primera vez ese día. Me veía delgada, mucho más de lo que recordaba, mucho más de lo que habías prometido que me veía; mis ojos se veían rojos, hinchados y cristalinos pero no empapados en lágrimas; y mi rostro, a pesar de pálido, se veía ruborizado en el área de la nariz y mejillas...Mi apariencia se resumía en una palabra: triste. Me daba lástima a mi misma.

Salí y cerré la puerta detrás de mí, sintiendo el frío viento soplando en mi rostro, dándome un terrible escalofrío. Comencé a caminar sabiendo exactamente a dónde me dirigía. Caminaba lento, muy lento, porque después no habría manera de regresar y quería disfrutar muy bien de todo a mi alrededor. 

Podía escuchar tu voz en mi cabeza, repitiéndose una y otra vez:
 «La verdad, no quiero verte, me tienes cansado.Creo que deberíamos terminar...¿Qué piensas tú?»

Siempre fue mi mayor temor escuchar esas palabras. Le temía más a esa frase que a la propia muerte. Esas palabras significaban la perdición para mí, significaban el fin del mundo...de mí mundo. Porque en eso te habías convertido: eras ahora todo en lo que podía pensar y cualquier cosa que pudiese sentir era por ti y hacia ti. 

¡Y cuántas cosas me habías hecho sentir con esa última frase que dijiste! Me pareció terrible tu manera tan vaga de decirla, y terminar con ese estupidísimo  «¿Qué piensas tú?». ¿Era en verdad una pregunta? Porque si lo fue así, sonó más bien como una burla. ¿Qué te parece que pensé? ¿Creíste que justamente ese día tan especial me hubiese parecido perfecto que se fuera de mi lado lo que más quería? ¿ No pudiste haber esperado?¿De verdad tenías que hacerlo justamente en un día tan especial para mí? Son tantas las preguntas que quise hacer y no no me atreví. Te tenía tanto miedo...

Recuerdo que cuando no estabas comenzaba a temblar y a sudar frío. Me parece graciosa la manera en que te habías vuelto en una especie de droga para mí. Te necesitaba, ya no era un sentimiento romántico o amoroso, era más bien enfermizo. Claro está que tú llegaste a notarlo y que eso fue lo que más te asustó de mí. Sin embargo, querías aparentar, y yo complacerte. ¡Qué buena fue nuestra actuación! Logramos convencer a todos de que nuestra relación era la mejor...
Qué triste que todo haya acabado así, y qué triste que no yo ya no haya podido esperar  más. Perdón, pero de verdad, no pude esperar más. Ya no tenía deseos de seguir — porque razones, como siempre, sobran. Así que ahí estaba, caminando directo a mi destino, subiendo esos escalones de la manera más lenta y asustada posible, dispuesta a acabar con mi vida. Y me senté sobre el barandal, y vi hacia abajo y hacia arriba.

Creo que voló un pájaro sobre mí. Sí, creo que fueron cientos, unos por arriba y otros por abajo. Creo que me llevaron con ellos. Sí, porque no sentí la caída. No sentí ninguna caída. De pronto estaba por los cielos, sentía mariposas en el estómago — no como las que sentía contigo, esas me daban asco a veces— y volaba. ¡Qué maravilla!
Pero creo que me sacaron los ojos. Sí, porque de pronto no podía ver nada. Sí, sí. Creo que los ojos me los sacaron con cuidado, porque no pude sentir dolor alguno.
Y ahora, no sé dónde estoy...Ya no sé a dónde voy. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario