lunes, 29 de octubre de 2012
Del dolor y el rencor
Esa noche me mentiste, estoy segura. Pude ver tus asquerosas intenciones
y sin embargo, me quedé callada esperando a que prepararas la daga y
alzaras la mano. Lo tenías todo planeado, vi la intención en tus ojos
desde que llegaste. Estabas ahí, de pie, recibiendo mi abrazo con una
confusa frialdad disfrazada de gesto amoroso. Me das asco, me repugnas; y
aunque sienta estas asquerosas emociones, no te puedo sacar de mi
cabeza. Esa noche me mataste, nos mataste y no puedo dejar de pensar en
lo que pudo haber sido si no hubieses clavado tus garras en mi espalda.
Yo sé que no soy lo contrario a lo que ahora estoy pintando que eres, no
soy un ángel y lo admito, te hice daño también. Pero, ¿acaso fue justo
lo que recibí esa noche? ¿Fue tanto el dolor que te causé, que no viste
más remedio que destruirme? Si fue así, lo siento. Lo siento por ti y
por mí porque hubo un bello sentimiento que se quedó en capullo, jamás
logró dar frutos y mataste al árbol antes de la primavera. Si buscas tu
puñal, sigue clavado aquí en mi pecho, ven a buscarlo cuando gustes.
Para entonces, ya estará infectado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario